jueves, 1 de septiembre de 2011

Experimento publicitario...

¿Sabías que el efecto de la publicidad depende en gran medida del momento en que la veas? No sólo me refiero a la época del año, sino al contexto espacio-temporal en el que te encuentras con este bombardeo de mensajes.

Para probarlo, vi el mismo bloque de anuncios (vía internet) por cinco minutos en dos días diferentes. Normalmente, mi hora de comida es entre 3 y 3:30 de la tarde; para propósito de ver cómo actuaba sobre mí la publicidad de cualquier clase de alimentos, esperé hasta las 5 de la tarde para ver los anuncios. Al día siguiente, comí tranquilamente a las 3 de la tarde, y después puse exactamente el mismo bloque de anuncios.

Con hambre

El primer anuncio que apareció en mi televisor fue de KFC, una marca de pollo frito que, en mi condición de “defensor de la buena alimentación”, detesto con toda mi alma; el sólo olor del pollo de KFC me causa asco. No obstante, en esta ocasión, al ver lo jugosas que se veían las piezas en el anuncio, que remataba con un concluyente “para chuparse los dedos”, hubo salivación en mi boca; no fue tan dramático, pero incluso me imaginé el olor del pollo, y deseé comer una pieza de “cruji-pollo”.

El siguiente anuncio fue del restaurante “Rafaello”, de comida italiana. El espagueti siempre me ha gustado bastante, y aparecieron varios platillos soltando vapor; no cabe duda que eso me causó incluso sonidos en el estómago y trabajo de jugos gástricos, pues sentí una sensación bastante desesperante.

A la postre, un anuncio de McDonald’s; nunca me han gustado las hamburguesas de esa cadena, y de hecho, la carne roja no es de mi agrado, pero al ver lo jugosas que se veían esas carnes, quise una Big Mac. Lo peor es que el siguiente fue de Burguer King, una a la parrilla, lo cual me causó aún más hambre y ya una salivación notable.

Siguió un comercial de un personaje mojando sus “polvorones” en un café. Pese a que tenía hambre, ese anuncio no me causó mucha sensación, pues relaciono más esas galletas con la tarde-noche (la psicología actuando, chavos).

Un nuevo anuncio de Burguer King, en el que una señora platica con su hijo y la novia de éste, me causó una sensación de hambre otra vez, aunque el hecho de que se centrara en la plática y no en la comida, restó fuerza al impacto. Pero otro anuncio de KFC, de un paquete de 99 pesos fue ya un desbordamiento de hambre. La salivación fue evidente, y un pequeño dolor en el estómago fue indicativo que era momento de detenerme.

Comí, pero pese a que terminé satisfecho, me quedé con “las ganas” de una hamburguesa o un pollo frito. Fue por ello que preferí esperar al día siguiente para volver a mirar los anuncios.

Después de comer

Esta vez, estaba satisfecho. Había comido bien, e incluso con postre. Puse el mismo bloque de anuncios. El de KFC no me causó sensación alguna, ni siquiera un poco de salivación, y aunque ya no hubo asco cuando me imaginé el olor, dos días después ese asco regresó.

En el anuncio de “Rafaello” puse más atención en la voz del locutor y lo que decía el supuesto chef italiano que en la comida. Incluso, por momentos le perdí el hilo al comercial por estar pensando en otras cosas.

McDonald’s, ya bien comido, me llegó incluso a causar un poco de asco, pues recordé el olor y sabor de sus hamburguesas, que son bastante malas a mi parecer; lo mejor del anuncio fue cuando por fin se terminó.

El tanto de Burguer King no causó sensación alguna en mí; simplemente lo vi, y no hubo “antojo” alguno al observar las rayas de parrilla en la carne... tampoco imaginé olor alguno.

Con el anuncio del polvorón de Marinela, lo que realmente me atrajo fue el café que aparece en el anuncio, no en sí la galleta, pues inmediatamente sentí deseos de tomar un café caliente.

El siguiente anuncio de Burguer King tampoco me causó tampoco sensación alguna, y puse atención en la historia de la madre que habla mal de la nuera. El último comercial, de KFC, tampoco causó realmente una sensación de hambre o repulsión, sino que me fue completamente indiferente.

Es obvio que los bloques de anuncios de comida aparecen entre las dos y las cuatro de la tarde por esto... quien no ha comido, muere por cualquier cosa. Y no sólo aplica con la publicidad televisiva. Quizá mi experimento era natural, pero noten que le perdí el asco absoluto al pollo de KFC, pues al verlo de nuevo me fue indiferente, ya no repulsivo. ¿Sorpresa?

¿Te animarías a hacer este experimento? Un consejo... si padeces gastritis, no lo intentes.

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